Estrenamos la temporada de barrancos este año. Ya tenía ganas, porque hasta hace bien poco todavía había nieve por las alturas, y el agüita estaba bien fresca. Pero en cuanto ha empezado a hacer calor, ya empecé a pensar en los deportes acuáticos.

Puestos a elegir, les propuse a Paco y a Toño ir a los de la zona más cercana de Ourense, la comarca de Valdeorras. Ahí no hay cumbres altas de donde baje el agua con cubitos, como puede pasar por los de León o Asturias…

Al final Toño no pudo venir, así que nos pusimos rumbo a O Barco Paco y yo el sábado prontito para hacer el Candís, un río que se baja también con kayak, sorprendente por sus zonas encajonadas (algo muy poco habitual en el tipo de roca que se da en Galicia). Es un barranco sencillo, estético, con algunos saltos, y varios rápeles que no tienen complicación, al menos con un caudal moderado. Lo encontramos con poquito agua, pero donde hacía falta (en las cascadas), había más que suficiente.

Dejamos el coche arriba (luego tuvimos que subir pateando a recogerlo, con toda la solana), y nos cargamos con el equipo sin ponernos los neoprenos, porque a la altura de la entrada no llevaba nada de agua. Nos tocó caminar por el cauce unos 500 m. para empezar a encontrar el líquido elemento. Y al llegar a la primera cascada, ya teníamos un pequeño caudal que nos ayudaba a remojarnos y sofocar el calor del día. Fresquita, pero se agradecía.

El barranco no es largo, y tiene una sucesión de cascadas en las que rapelar y saltar. Además lo hacen las empresas de la zona, así que está bien equipado, y en algunos puntos tienen cuerdas para remontar a los puntos de salto y poder repetirlos. ¡Divertido!

Uno de los primeros saltos. No hay anclaje. ¡O saltas, o saltas!

 

Paco bajando el segundo rápel (20m) con llegada a una poza profunda a la que después se puede saltar desde un lateral

 

Rapelando desde la cornisa de la «cascada mencía». Volado con recepción directa en el agua. En la parte inferior de la foto se puede observar la roca de color rojizo intenso que le da el nombre a la cascada.

Se suceden las dificultades casi sin tramos de marcha entre ellas, lo cual hace que sea muy dinámico y entretenido. No da tiempo a aburrirse. Es el primer barranco de Paco desde hace más de 10 años, cuando hizo uno con una empresa en Huesca, y hemos decidido venir aquí para que retome el contacto con uno sencillo y que le dé confianza. Y parece que lo iba disfrutando.

Zona de pasillos encajonados, alternando nado con marcha

 

El encajonamiento no es muy profundo, pero sí suficiente para darle un ambiente muy estético

El agua está fresquita a pesar de no venir de deshielo, y como hay tramos de nado (no muy largos) es interesante llevar el neopreno completo. Yo me confié viendo el poco caudal que llevaba y el día de calor tremendo que hacía, y metí sólo una licra gordita para el pecho. Y sí que noté fresquete…

 

Zonas de pasillos. Algo muy extraño de ver en los barrancos gallegos

 

Paco gestionando un rápel como si lo hubiera hecho toda la vida

La salida se hace caminando unos 15 minutos por una vereda hasta que llegamos a una toma de una acequia (a mano derecha). La seguimos por la senda que transcurre pegada a ella, y en 5 minutos estamos fuera. Desde ahí nos tocó caminar algo más de media hora por carretera para recuperar el coche. Lo suyo es llevar dos, pero esta vez sólo llevamos uno, y no conseguí quedar con ningún colega de la zona para que nos acompañase y hacer la combinación de vehículos que nos evitase el pateo de regreso.

Un recorrido bien bonito, apto para iniciación, y que  nos deja muy buen sabor de boca. A la salida, una ducha en el albergue y una vez recuperados nos fuimos a La Rúa a tomarnos unas cañas y unas tapas, intentando inhibirnos del jaleo de la final de la Champions.

Por cierto, sorprendente el albergue de peregrinos de Vilamartín de Valdeorras. Una instalación recién reformada, con todos los detalles: lavadoras, secadoras, agua bien calentita, dormitorios espaciosos, ponen sábanas y mantas, hay wifi y TV… y sólo cuesta 8 euros la noche. Lo atiende una empleada municipal encantadora, que se quedó helada cuando le contamos por dónde bajámos con las cuerdas.

Barranco de Cabanas (Navea)

Cambiamos completamente de escenario. Nos adentramos hacia el inicio de los cañones del Sil, y a la altura del túnel romano de Montefurado tomamos dirección Navea, remontando un tramo del río Bibei primero y después el propio río Navea, dos de los ríos más importantes de la zona por su grado de encajonamiento. Un paisaje espectacular.

El Cabanas es un barranco que abrimos Luis Ángel Fernández, Jorge Peñalver y yo cuando yo estaba viviendo en Castro Caldelas, allá por el año 98. Fue toda una aventura que terminó con un rápel final de 60 m. hasta bajar al fondo del río Navea y después nadando por la cola del pantano hasta encontrar una salida hacia la carretera, ya de noche. Desde entonces no había vuelto. Pero el hecho de que lo hayan reequipado los Greim de Trives y que aparezca en la guía de barrancos de Galicia me hizo tener ganas de ir.

Así que después de dejar el albergue y disfrutar de un desayuno rico, rico en A Rúa, nos dirigimos al pueblecito de Navea, situado en una terraza a media altura del cañón del río del mismo nombre. Un sitio sorprendente, con un clima especial que hizo que tuviera unas huertas tan abundantes y productivas que se ganó el sobrenombre de «la Valencia de Trives». Ahora la gran mayoría de esas huertas están abandonadas, como casi todas las casas del pueblo.

Dejamos el coche en el pueblo para  regresar por el lugar donde la reseña indica el segundo puente que cruza por encima del barranco. En su día lo bajamos hasta el fondo, pero es cierto que salvo ese último rápel de 60, a partir de este puente no tiene apenas interés. Confiando en la información de la guía nos disponemos a hacer el descenso completo tal como está indicado en ella.

Vemos que para la aproximación hay una pista que resulta un poco más larga que lo que indica la guía, pero más cómoda, porque se camina por una pista en lugar de por el monte. Así que en media hora aproximadamente estamos en la cabecera.

La entrada se sitúa al lado mismo de la pista. Desde ella se ven los dos primeros químicos en una gran losa lateral.

 

Paco en el primer rápel. Parece que el cauce se va a encajonar, pero el barranco es un cauce abierto salvo en un par de sitios

Se trata de un barranco de carácter abierto, que baja durante todo su recorrido por el bosque, lo que le da un ambiente especial, sobre todo en días con tanto sol como hacía el domingo. Muchos bloques, y un primer tramo con bastante verticalidad, aunque con algún pequeño tramo de marcha entre una cascada y otra.

Tercer rápel, donde tuvimos que improvisar un natural a un árbol por las deficiencias de la instalación fija realizada en su día

Para nuestra sorpresa, a pesar de que nos dijeron que los Greim habían reequipado el barranco con químicos, en la mayoría de los rápeles no había instalación. Se nos hizo muy raro, porque además luego encontrábamos anclajes donde realmente no hacía falta, o mal situados, o incluso mal puestos. En varios sitios los habían empotrado tanto en la roca que no cabía la cuerda ni siquiera un mosquetón pequeño por el agujero, y tuvimos que ir improvisando instalaciones con naturales con maillón en algunos árboles, o directamente colocando la cuerda sobre los árboles en muchos casos.

Uno de los rápeles del tramo superior. El primero en el que no encontramos ningún tipo de anclaje y tuvimos que poner la cuerda directamente en doble sobre el árbol

Por el camino nos vamos encontrando con algunos anclajes de los que usamos en la apertura… ¡Hace 24años nada menos! En algunos casos en buen estado (un pitón con un maillón, perfectamente conservado, por ejemplo), pero también otros naturales en los árboles que estaban inservibles.

El árbol se había literalmente «comido» la cinta al crecer. No hubo manera de moverla, estaba encajada. ¿Y qué me decís del maillón?

Después de estos primeros rápeles nos encontramos con la carretera y seguimos por debajo, después de comprobar cómo este barranco debe hacerlo muy poca gente, porque a partir de ahí se encuentra bastante cerrado de vegetación, especialmente las tan molestas zarzas, que se te enganchan en todos lados. En esta continuación el río se pone más tendido, y hay bastantes tramos de destrepes entre bloques y caminar por el río. Pierde un poco de interés, salvo en algunos rápeles.

Ambiente de bosque en el segundo tramo, con cascadas más separadas entre sí. Seguimos con malas instalaciones. En este caso, ningún anclaje. Todo sobre árboles.

Enseguida vemos el primer puente sobre el cauce, que debió estar en buen estado en algún momento, porque vemos troncos gruesos y restos de cemento, pero ya no se puede usar, porque está la mitad de la estructura en el río. Estos puentes conducían a las huertas y los molinos de los alrededores del pueblo, ahora abandonados.

Paco batiéndose el cobre en la C40, muy escalonada, que patina y tiene pocitas colgadas entre medias.

La tónica sigue siendo la misma: cascadas separadas, tramos largos de destrepes entre bloques, e instalación deficiente. Nos encontramos químicos donde no hacen falta, y donde la hacen, no aparecen. Pero conseguimos seguir bajando algunas cascadas, ya un poco cansados, en busca del segundo puente.

Llegamos a la última cascada, que justifica el habernos liado a bajar este tramo. Para mi gusto, la más bonita de todo el recorrido. 17 metros en los que más de la mitad discurren por una roca tan erosionada que se ha convertido en una especie de canal. Demasiado estrecho para hacerlo sentado en tobogán, pero desde luego muy bonito.

La C17 del final del recorrido

Seguimos destrepando un rato entre bloques, y encontramos una sendita que va cogiendo poco a poco altura sobre el cauce, y nos conduce a una acequia que baja de un molino abandonado. Pensando que nos puede conducir con facilidad hasta el pueblo (del que nos separan unos 500 m en línea recta), decidimos seguir el antiguo camino que llevaba hasta la edificación, pero se encuentra en muchos tramos cerrado con zarzas y todo tipo de maleza. Afortunadamente había metido el móvil y la ortofoto del OruxMapx hizo que nos diéramos cuenta que no estábamos muy lejos y eso nos dio ánimos para pegarnos con la vegetación. Eso sí, salimos con más pinchazos que si hubiésemos dado un abrazo a un erizo…

Llegamos a Navea entre un ambiente de tormenta: mucho viento, truenos… y afortunadamente no llovía más que 4 gotones. Encontramos una parada de bus. ¿Salvados? Pues no: ¡tenía el techo roto!. Pero un poquito más adelante nos cobijamos en un sotechado de una casa abandonada y nos pudimos cambiar ahí.

Toda una experiencia. No paraba de acordarme de cuando abrimos el barranco, y de la paliza que había sido bajar hasta el fondo del Navea, caminar por el cauce con las frontales, luego nadar por la cola del pantano bastante rato hasta encontrar un camino que nos subiera de nuevo al pueblo. Y me explicaba porqué no quise repetirlo, aún siendo el barranco de más desnivel de Galicia. Ahora ni aunque me pagasen…

Sin embargo es un barranco bonito, si estuviera limpio de vegetación y bien equipado. Voy a ver si engaño a alguien para ponerlo más practicable…

Pero bueno, pasamos un finde divertido y al fresco, disfrutando de los descensos.

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